06 enero 2026

El escritor automático (micro cuento)

Karl no dormía, meditaba inducido. Había comprado una esfera que, al vibrar, creaba en una habitación oscura un dodecaedro de luz blanca, que obligaba a quien estuviera presente a cerrar los ojos, silenciar los pensamientos y meditar.

Cuando los pensamientos volvían, Karl volvía a ponerse las gafas, lamerse los labios resecos y escuchar una orquesta imaginaria.

Tomó un lápiz del vertedero del escritorio y lo encendió. El lápiz recargó su tinta e impulsó la mano de Karl hacia un papel. Allí introdujo Karl, o el lápiz, la siguiente fórmula:

Decadente es el segundo Bis de cada uno.

Cada vez que el lápiz automático daba punto final, Karl despertaba como de un sueño. Apenas recordaba algunos flashes, por lo que, luego de un tiempo leyendo información de su tableta de tenis antigua, decidió recurrir a un médico tradicional para que le hicieran hipnosis.

Lo que Karl dijo entre sueños fue conmovedor: él y su lápiz escribían epitafios que le dictaban los muertos desde el más allá.

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